Mesa Para Una
Reflexiones en un bar
Atreverse a la incomodidad de estar sola en lugares donde se suele ir acompañada, sin una distracción -más bien, sin un foco individual, como una pantalla-, es, tal vez, enfrentarse a una sensibilidad aguda al ruido. Tanto que duele...
Los tímpanos reciben y rechazan el estruendo de unos sonidos que, de estar acompañada, tal vez no se percibirían con el mismo volumen.
Entrar sola a un bar, sin quedarse mirando el celular, es quizás arriesgarse a la pregunta de si hay alguien a quien se espera, y ser observada con confusión cuando no llega una otra -o un otro- a hacerte compañía.
Como si tenerse a uno mismo no fuese suficiente estos días.
Me duelen los oídos cuando chillan las palabras de una multitud que no conozco, que antes no “veía”.
¿Será que la soledad es antagonista de la calma y el silencio cuando se cruza una puerta llena de individuos, que en ese espacio y tiempo son todo menos eso?
Me duele la cabeza, porque no hay filtro, porque entra el ruido.
La sensibilidad parece ser hermana del estar un poco más atenta...
El papel se convirtió en mi compañía... Ahora pongo un filtro.
Es que estos días, la atención duele...



Esto no es un pretzel, ni una maratón, tampoco un diner a las 2 a.m. -qué importa.

